Mirándonos el ombligo”, por José Luis Trasobares

Es muy curioso leer o escuchar las descripciones que mis colegas enviados al juicio por los atentados del 11-M hacen de los acusados. No me refiero ya a las cuestiones derivadas de la confrontación de teorías respecto a lo que sucedió aquel aciago día, sino a la extravagante forma en que españoles supuestamente cultos y educados definen a gentes llegadas de otra cultura y de otro ámbito geopolítico. Causa pasmo e inquieta comprobar cómo bastantes periodistas y comentaristas encargados de seguir de cerca la vista oral se asombran de que éste o aquél acusado se maneje con inteligencia, haya estudiado bien su papel, hable con fluidez el español, adopte ademanes corteses o demuestre conocer perfectamente la mejor manera de dirigirse a un tribunal. Voy comprendiendo por qué los interesados en meter a ETA en este caso afirmaron desde el primer día que cuatro moros de los bajos fondos no podían haber concebido, programado y llevado a cabo unos atentados tan complejos. Alguien más lúcido, preparado y por supuesto europeo tenía que haberles llevado de la manita.

Son las consecuencias de una educación eurocéntrica y desquiciada que generación tras generación ha tenido a muchos europeos alejados del conocimiento global del mundo y les ha inducido a concentrarse en la contemplación del propio ombligo para, en todo caso, echar al resto de la humanidad una mirada (compasiva o airada, según las circunstancias) cargada de resabios colonialistas. Ahora resulta que oímos hablar desde la sala de la Casa de Campo al supuesto terrorista Fuad el Morabit, el hijo del notario de Nador, y nos alucina su rico vocabulario castellano y su inteligente calma. ¡Habla cinco idiomas!, nos cuentan con asombro las crónicas. Y nadie recuerda que por todas las medinas de Marruecos (y de otras naciones del Magreb abiertas al turismo occidental) pululan jóvenes de toda condición capaces de hablar varias lenguas con inaudita precisión.

Los araboparlantes tiene el don de lenguas. Y otros muchos. En realidad son personas tan listas o tan idiotas, tan buenas y tan malas como nosotros. Perdieron la carrera tecnológica en el siglo XVIII, pero son perfectamente capaces de manejar ordenadores, entender las claves político-psicológicas de la acción terrorista, procesar uranio, montar bombas sofisticadas y derribar helicópteros norteamericanos en Irak usando misiles guiados por láser. El integrismo islamista es precisamente una mezcla letal de doctrinas arcaicas y artilugios modernos.

Los españoles deberíamos entender mejor que casi ningún otro occidental la complejidad de un Sur que vive cambios rapidísimos a caballo entre el tribalismo y la globalidad. Porque en España hubimos de transitar en muy pocos años el mismo camino que a otros europeos les había llevado bastantes decenios. Apenas tres años nos llevó pasar de una dictadura absoluta a una democracia abierta. En poco tiempo dejamos de ser un país de emigrantes para convertirnos en receptores de inmigración. Justamente por eso hoy nos debatimos entre impulsos contradictorios, y a ratos nos mostramos los más progresistas pero en otros nos desborda el negro pasado. Nuestro índice de violencia de género es equiparable al de los países más bárbaros.

Estos días se habla mucho del fracaso de la ministra Salgado a la hora de sacar a flote su ley sobre el alcohol. Los hay que están muy orgullosos de haber parado en seco la plausible y civilizada idea de alejar a los jóvenes de las bebidas alcohólicas (al menos de su publicidad) incluidos vinos, cervezas y sidras. Esa misma gente rechazaría escandalizada cualquier comparación entre su actitud y la de los afganos que luchan contra la erradicación del cultivo de adormidera, o la de los campesinos bolivianos (y peruanos o colombianos) que se oponen a que les destruyan las plantaciones de coca. Mas el asunto es el mismo: se habla de cultura, de tradición o de historia; sin embargo detrás está la producción de drogas como actividad económica de primer orden. Cualquier rifeño dedicado al cultivo del cannabis defendería su actividad con términos idénticos a los utilizados últimamente por los representantes de nuestras denominaciones de origen vitivinícolas.

Hablamos un lenguaje internacional relativo a las marcas, los artefactos informáticos de última generación, los coches, las motos, los miedos colectivos y las estrellas de nuestro firmamento creativo; por contra, ignoramos mucho de lo que ocurre más allá del estricto escenario en que nos movemos. Se nos va a indigestar el ombligo.

Publicado en el periódico de Aragón

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: